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Mis análisis salen bien: ¿significa que mi corazón está sano?

Estar sano es mucho más que no estar enfermo, y entender esa diferencia puede cambiar la forma en que cuidamos nuestro corazón.

Dr. Emmanuel González Medicina de la Longevidad · Medicina Integrativa · Salud Cardiovascular · Evaluación del Deportista

6 min de lectura

El Dr. Emmanuel González, médico de ETRYUM, en la recepción de la clínica.

«Un corazón sano no es solamente aquel que todavía no está enfermo. Es aquel que conserva suficiente reserva para seguir acompañándonos en la vida que queremos vivir.»

Dr. Emmanuel González

«Mis análisis están bien.»

Hay una frase que los médicos escuchamos con frecuencia. Generalmente se dice con alivio, y es lógico: nadie abre los resultados de una analítica esperando encontrar algo malo. Pero detrás suele esconderse una pregunta bastante más difícil: «Entonces, ¿estoy sano?»

Y esa no es exactamente la misma pregunta.

Una analítica puede decirnos mucho sobre nuestro organismo, pero difícilmente pueda resumir en una página algo tan complejo como nuestra salud. Y mucho menos decirnos cómo estaremos dentro de diez o veinte años.

Qué significa realmente estar sano

El filósofo Hans-Georg Gadamer reflexionó en El estado oculto de la salud sobre una idea que siempre me ha parecido fascinante: la salud tiene algo de invisible.

Cuando estamos enfermos, el cuerpo reclama nuestra atención. Un dolor ocupa espacio. Una falta de aire, un dolor de muelas o una lesión modifican nuestros planes. Cuando estamos sanos ocurre casi lo contrario: caminamos, trabajamos, viajamos, entrenamos, hacemos proyectos. El cuerpo simplemente nos acompaña.

Quizá esa sea una de las paradojas de la salud, como en el amor: muchas veces empezamos a valorarla cuando comenzamos a perderla.

En medicina cardiovascular esto es especialmente importante, porque algunas de las alteraciones que condicionarán nuestra salud futura pueden desarrollarse durante años sin producir síntomas. La hipertensión, el colesterol elevado, la aterosclerosis o la diabetes en sus primeros estadios no se sienten.

Por eso sentirse sano y estar sano son conceptos relacionados, pero no idénticos.

Una analítica es una fotografía. Nuestra salud es una película

Los médicos necesitamos números: permiten medir, comparar y tomar decisiones. El problema aparece cuando los convertimos en etiquetas —normal o anormal, bien o mal—, porque la biología es bastante menos ordenada.

Un mismo nivel de colesterol LDL puede tener significados muy diferentes según la edad, la tensión arterial, el tabaquismo, la diabetes, los antecedentes familiares o la existencia de enfermedad cardiovascular.

Nuestro organismo no envejece el día en que un número atraviesa un límite. Lo hace siguiendo trayectorias.

La salud también es tener margen

Pensemos en dos personas de 50 años con analíticas razonablemente normales.

Una entrena regularmente, conserva masa muscular, puede subir cuatro pisos sin detenerse y mantiene una buena capacidad cardiorrespiratoria. La otra lleva años trabajando sentada, ha perdido fuerza, ha ganado cintura y hace tiempo que abandonó el ejercicio.

Tienen la misma edad y podrían compartir muchos resultados de laboratorio. Pero fisiológicamente no están en el mismo lugar.

Aquí aparece un concepto importante en medicina de longevidad: la reserva funcional. Nuestro organismo dispone de más capacidad de la necesaria para desenvolvernos en un día normal. Esa reserva cardíaca, pulmonar, muscular y metabólica nos permite responder cuando la vida exige más: una infección, una intervención, una lesión o simplemente el paso de los años.

La evidencia dice que la mejor forma de envejecer es conservando capacidad funcional. Por eso es tan importante la masa muscular: porque nos permite conservar la autonomía.

El corazón no envejece solo

La medicina se ha dividido en especialidades porque hacerlo nos permitió conocer cada sistema con enorme profundidad. Pero nuestro cuerpo nunca aceptó esa división: el corazón convive con el músculo, los riñones, los vasos sanguíneos, el tejido adiposo, el metabolismo, el sueño y nuestros hábitos.

Por eso valorar la salud cardiovascular significa unir piezas:

  • La tensión arterial, que sigue siendo fundamental.
  • El perfil lipídico, interpretado según el riesgo individual.
  • Marcadores avanzados como la apolipoproteína B (ApoB) o la lipoproteína(a), que en determinados casos añaden información.
  • Glucosa, hemoglobina glicosilada y función renal.
  • Cintura y composición corporal.

Y podemos hacer además una pregunta que ninguna analítica responde: ¿qué ocurre cuando le exigimos al organismo? La capacidad cardiorrespiratoria es uno de los indicadores de salud a largo plazo más potentes que conocemos. No porque todos debamos convertirnos en atletas, sino porque nuestra capacidad para tolerar esfuerzo también habla de nuestra reserva.

El problema de prevenir algo que todavía no existe

Aquí aparece una dificultad profundamente humana: nos resulta mucho más fácil reaccionar ante algo que sucede hoy que cambiar nuestra conducta para evitar algo que quizá ocurra dentro de veinte años. Un dolor torácico consigue inmediatamente nuestra atención; una tensión discretamente elevada durante diez años, bastante menos.

Además, nos adaptamos a la pérdida progresiva de capacidad. Dejamos de correr. Después evitamos las escaleras. Más adelante elegimos siempre el ascensor. Rara vez existe un día concreto en el que pensemos: «Hoy perdí capacidad.» Simplemente reorganizamos nuestra vida alrededor de aquello que ya no hacemos.

Tal vez una de las tareas menos visibles de la medicina preventiva sea hacer perceptible hoy aquello que todavía no podemos sentir. No para vivir preocupados por enfermarnos, sino para disponer de tiempo para evitarlo.

Personalizar no significa medirlo todo

Hoy podemos medir una cantidad extraordinaria de variables, y seguramente podremos medir muchas más en los próximos años. Pero poder medir algo no significa que necesitemos medirlo.

Una prueba debería responder una pregunta y, sobre todo, tener alguna posibilidad de cambiar una decisión. Personalizar la medicina significa hacer mejores preguntas.

Después vienen las herramientas que sabemos que funcionan: actividad física, entrenamiento de fuerza y capacidad aeróbica, no fumar, dormir adecuadamente, mantener una composición corporal saludable, cuidar la alimentación y controlar tensión, lípidos y metabolismo. Y, cuando está indicado, utilizar tratamiento farmacológico o suplementos.

Nada de esto resulta demasiado espectacular. Lo difícil es llegar antes y sostenerlo durante una vida.

Lo que se ve desde Urgencias

Después de muchos años trabajando en Urgencias he conocido bien la otra cara de esta historia. Cuando alguien llega con dolor torácico, dificultad respiratoria, una arritmia sintomática o una pérdida de conocimiento, ya no hablamos de longevidad: hay que diagnosticar, decidir y actuar rápido.

Ante un dolor torácico intenso o persistente no debemos esperar una consulta programada: hay que solicitar atención urgente.

Pero después de ver enfermedad durante años uno empieza inevitablemente a interesarse por algo más: ¿qué ocurrió antes de que ese paciente atravesara la puerta? Los años anteriores. Las señales silenciosas. Las oportunidades que existieron cuando todavía no había síntomas.

Urgencias trabaja cuando el organismo levanta la voz. La medicina de longevidad intenta escucharlo cuando todavía habla bajo.

Para terminar

Por eso, si alguien me pregunta: «Mis análisis están bien, ¿significa que mi corazón está sano?», mi primera respuesta sería que es una muy buena noticia. Pero ahora veamos el resto de la historia.

Porque un corazón sano no es solamente aquel que todavía no está enfermo. Es aquel que conserva suficiente reserva para seguir acompañándonos en la vida que queremos vivir.

Este artículo tiene un fin divulgativo y no sustituye la valoración médica individual.

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